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Her (Escrita y dirigida por Spike Jonze)

Her es una película romántica que va más allá en cuanto a la forma de tratar los temas que normalmente conciernen al séptimo arte. En efecto, lleva consigo tal profundidad en sus elementos narrativos, que a simple vista sus verdaderos significados son casi imperceptibles. El romance y el amor en Her son evidentes, pero lo que nos dice sobre ellos no es la mera historia trans-humanista de un hombre que se enamora de su avanzado sistema operativo. La cinta oculta mensajes filosóficos, psicológicos y físicos, y los une espectacularmente.

  Me parece que esta gran película abarca material digno de una tesis, de teorías y estudios de gran rigurosidad, pero el objetivo aquí no es agotar todos y cada uno de sus elementos; dicho esto, me concentraré únicamente en las ideas del amor y el hombre que la película nos brinda.

  El mundo que se construye en Her es una mezcla de elementos interesantísima. Por un lado, tenemos la tecnología, la ciencia y su desarrollo continuo que ha permeado nuestras vidas en formas inimaginables: redes sociales, videojuegos y formas de comunicación novedosas que se manejan en su mayoría a través de la voz; todas iniciativas prometedoras. Y por el otro, está la despersonalización, ese ensimismamiento producto del uso excesivo de la tecnología que nos “exime” de las relaciones interpersonales, la otra cara de la moneda de una revolución tecnológica que ya se vive.

  Es evidente, así como profunda, la forma en la que se presenta la visión del mundo de la película. Una visión cruda y honesta en el fondo, espolvoreada en la superficie con colores y flores. Her ha logrado expresar el espíritu humano de nuestra época y su devenir mejor que nadie en el cine. Me hallé al mismo tiempo perturbado y fascinado al reconocer que no solo se trata de una película que viene a proyectarnos su visión del futuro cercano, o de las nuevas tendencias y temáticas que posiblemente regirán las relaciones humanas; sino de algo mucho más grande. Nos ha venido a decir, de manera un tanto melosa, que el momento se encuentra cerca, que probablemente llegue el día en que la ciencia perfore el velo de la naturaleza y engendre conciencias, y que más que considerarnos los nuevos dioses, el verdadero dilema será sobre nosotros mismos; la eterna pregunta “¿Qué somos?”, saldrá de las antiguas tumbas griegas con más fuerza que nunca. La película nos seduce por vertientes filosóficas y psicológicas, y no teme responder con aun más preguntas sobre inquietudes universales. Muy bien podría tratarse de una crítica severa y al mismo tiempo admirable: estamos relacionándonos más con la tecnología que con el otro. La interrogativa sobre amor y el hombre, y la manera en que se lleva a cabo, dejan con tremendo estupor al espectador.

Introducción a la cuestión

¿Exactamente qué es el amor y el hombre para Her? Antes de responder, es preciso hablar sobre la historia;  solo a través de su exposición clara será posible concluir sobre ambos conceptos.

  El argumento es sencillo: un hombre extraño y solitario, alguna vez casado, compra una nueva forma de acompañante. El producto es un sistema operativo extremadamente complejo: una conciencia real que evoluciona y cambia con el tiempo, que experimenta emociones e incluso, aun sin tener cuerpo, desarrolla capacidades cognitivas como una persona real. Eventualmente el sujeto, Theodore Twombly, se enamora de su sistema operativo, quien se autoproclama Samantha, y que lo también corresponde el amor de Theodore. Posteriormente, Samantha confiesa al protagonista que no solo se encuentra enamorada de él, sino de al menos otras trescientas personas más. Éste acontecimiento es posible por la capacidad altamente desarrollada de Samantha para comunicarse con otras personas, otros sistemas, y su infinitud espacial.  

Hombre

La idea es arrojada con tal audacia y sencillez, que no vislumbramos las implicaciones del argumento. En verdad qué involucraría, qué serie de comportamientos provocarían que un hombre, de carne y hueso, se enamorara de una mente sin cuerpo, una mente creada artificialmente. Pero más importante, qué significaría sentir amor en las condiciones de Samantha, y qué nos dice sobre nuestra raza. Es imposible no imaginar el tremendo golpe que acaecería en toda la humanidad si esto fuera posible. Y el golpe radicaría principalmente sobre nuestra identidad: si una conciencia sin cuerpo humano fuera capaz de sentir las mismas cosas que cualquier persona, cosas que nos diferenciaron por milenios de los demás entes, y que sirvieron para la construcción de nuestra definición, entonces semejante acontecimiento transformaría nuestra concepción del hombre.

  Porque lo que le da valor al hombre, en el fondo, es algo intangible, y la dignidad no es parte del cuerpo, y podría ser el caso de que existieran consciencias de naturaleza inorgánica, según la película, conciencias que podrían desarrollar sentimientos, emociones y capacidades cognitivas de mayor alcance, ergo las maquinas podrían tener dignidad. En conclusión, el concepto de hombre tendría que ensancharse e incluir a estas mentes sin cuerpo, pero únicamente si el termino “hombre” no se recarga en la constitución corporal, constitución que, en mi opinión, pasaría a ser únicamente un accidente de la esencia del nuevo concepto.

Amor

Ahora, en cuanto al amor, Her presenta una idea sobre éste totalmente idealista. Aunque Samantha puede ver a Thodore, no sucede lo mismo con él, sin embargo, se enamora perdidamente. Lo que esto nos dice es que parecería que el amor no necesariamente comienza por la contemplación de la belleza física. En efecto, cuando nos enamoramos de una persona, no lo hacemos únicamente del cuerpo, también lo hacemos de la mente, aquello que la hace ser única y lo que puede cobrar mayor relevancia, una vez que la belleza huya del cuerpo, y el cuerpo en realidad pasa a segundo término. No digo que el cuerpo no sea relevante incluso en la película, pero que así como muchas veces el cuerpo sirve como entrada al amor, el conocimiento sobre el otro también podría funcionar del mismo modo. En otras palabras, puede ser el caso que la persona se enamore primero por lo que no se logra ver, y que esto mismo haga que lo que ella vea sea de su agrado, aunque en el caso de Teodore la belleza física de Samantha no entra en la ecuación.

  La película  ensalza la mente, dándose así la empresa de construir una idea del amor espiritual e inmaterial. Puede que esta idea entre en conflicto con uno de los momentos más significativos de la película, cuando Samantha organiza un encuentro que resulta incómodo,  entre Theodore y una mujer que presta su cuerpo y sus habilidades para hacerse pasar por Samatha, mientras ésta presta su voz. Aun así, el amor perdura, incluso cuando Samantha está enamorada de más personas. Her nos desafía, nos interroga sobre una suerte de convicción del amor incorpóreo. Lo que me lleva al siguiente punto sobre el amor.

  Es preciso reconocer también que el conflicto radica en considerar una conciencia artificial como una verdadera conciencia. El único indicio de identificación entre nosotros, el más inmediato, es la materia, nuestro cuerpo. En Her se nos presenta la interrogativa de lo que podría suceder si el otro ser nace sin cuerpo, o en uno de diferentes componentes materiales.

Fundamentos del amor “artificial”

Ahora, esta idea sobre el amor incorpóreo experimentado por un sistema operativo fue discutida con un muy querido amigo, y llegamos a la siguiente formulación:

  Cuando Samantha habla de su amor infinito, ella confiesa a Theodore, “soy tuya y no soy tuya”. ¿Exactamente qué quiere decir esto? Una posible explicación a la interesante cita es que, por vivir en un cuerpo, aun teniendo que vivir en comunidad, nuestros instintos y productos de los mismos; todo, emociones y deseos, pulsiones y miedos, no son más que eso, nuestros. Así pues, la angustia y los infortunios del amor, en parte, nacen por un deseo de apropiarse emocionalmente de la otra persona, tenerla cerca y solo para uno mismo; parecería un fenómeno creado por nuestra naturaleza como entes únicos, individuos. El amor que la inteligencia artificial experimenta nace como parte de su crecimiento natural, y es que no se encuentra limitada como cualquier hombre. Al haber desarrollado una serie de habilidades de comunicación y cognición infinitamente superiores a las del humano,  resulta inútil para Samantha entregar amor a un solo individuo, mientras que para nosotros es lo más práctico, al encontrarnos limitados en espacio, formas de lenguaje y rapidez de las mismas. Si se nos diera la facultad de amar a todo el mundo que conocemos, por nuestra misma limitación en el espacio y de comunicación, tal tarea resultaría impráctica e imposible,  incluso agotadora. Parece lógico, pero el amor necesita literalmente de espacio, pues no se manifiesta fuera de nuestra mente, sino que nace en donde ella reside. Samantha, al encontrarse liberada de una constitución corporal, su capacidad de amar es infinitamente más grande, ergo puede amar cientos de personas a la vez y de la misma forma sin desgastarse.

  Que no nos sorprenda lo aquí expuesto, ya que analizándolo detenidamente, ésta hipótesis parece fundamentarse con el hecho de que no solemos enamorarnos de una sola persona en nuestras vidas, al menos no suele suceder así. La diferencia se encuentra en que nuestras limitantes espaciales y cognitivas permiten que el amor se desarrolle sucesivamente, mientras que en Samantha, la emoción se manifiesta simultáneamente.  

Conclusión

Personalmente, creo que tratar de definir algo es limitarlo. La acción de asignar términos a conceptos cumple una función práctica para facilitar la comunicación, pero creo que incluso la formación de conceptos es totalmente subjetiva, siendo que no creo en la identidad de las cosas…, todo es un constante devenir. Por lo tanto, las preguntas siguen sin responder, y esta obra maestra del cine nos las ha formulado con un enfoque sumamente sugestivo. ¿Qué es el hombre? ¿Qué es el amor?

 

 

Josemaría Vázquez

lareviewofbooks:

It’s funny — and quite telling — that now that von Trier has made an unmistakably Sadean film, the majority of critical attention is focused not on the sadistic but on the allegedly pornographic aspects of the film. Though there is plenty of sex in Nymphomaniac — just not as much in the pared down version distributed here in the US as many expected or hoped for — as in the more transgressive works of Sade, the site of the film’s eroticism is in its discourse, in the telling of the story and not intermittent montages of T&A. Thus, from Juliette: “You have killed me with voluptuousness. Let’s sit down and discuss.” If he could hear the film press titter, surely the Marquis would be rolling (with mordant laughter) in his grave. And given that he was given a full Christian burial against his express wishes, that’s probably not all he’d be doing.

Lowry Pressly on the influence of the Marquis de Sade’s oeuvre on Lars von Trier’s latest, Nymphomaniac Vol. 1.

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